Mucho más claro que el agua

Mientras iba en el camión rumbo a casa, preguntándome lo que había sido de mi vida los últimos años, escuchaba el canto "A mi manera" (el de Res-Q Band, y no la canción popular), el cual me hizo reflexionar y darme cuenta que estaba haciendo las cosas mal. Luego de escucharlo con la cara llena de lágrimas por el gozo de sentir que Dios me estaba hablando, decidí dejar las cosas en Sus manos y le pedí que tomara toda mi vida para su honra y su gloria.     

Cuando llegué a casa, mi vecino don Clemente, me preguntó sinceramente que cómo estaba yo, pues me veía algo cansado. Le expliqué que estaba consternado, por sentir que no estaba en el lugar correcto, en donde mi corazón anhelaba estar, es decir, sirviendo a Dios de tiempo completo. Él me dijo que me animaba a tomar una decisión, que no me detuviera por lo económico, que a fin de cuentas iba a llegar el día en que volteara hacia atrás y me diera cuenta que no estaba siendo del todo feliz por no haber tenido el valor de hacer lo que hubiera querido hacer toda mi vida. En seguida me platicó de una persona que él había conocido en su juventud, que por años vivió en la drogadicción hasta que Cristo lo alcanzó y después que decidió entregar su vida en servicio a Dios hasta la fecha se encuentra al frente de una iglesia como pastor. Yo estaba sorprendido que alguien que sin conocer la Palabra de Dios me hablara en esos términos. Y no pude ver aquella conversación sino como un instrumento más, de Dios, para llamarme.     

Cuando entré a mi casa, lo primero que hice fue preguntarle a mi esposa que si estaba dispuesta a apoyarme en el caso de que Dios me confirmara el llamamiento que, años atrás, había comenzado a incendiar mi corazón, a lo que respondió que aunque yo ya conocía la respuesta, ella quería que yo supiera que estaba dispuesta a seguirme a donde sea que Dios me enviara. Entonces la abracé.     

Cuando nos fuimos a dormir, no percibimos que Cosette, una de nuestras niñas, ambas entonces a punto de cumplir dos años de edad, le había comenzado una infección en la garganta. Como a la 1:00 de la madrugada, me desperté porque escuché que me estaba llamando, y decía llorando papá, papá, como pidiendo mi ayuda. Lo sorprendente de esto es que ella muy pocas veces me había dicho papá, pues casi no sabía hablar, sin embargo esa noche ella estaba solicitando mi ayuda con mucha claridad. Me levanté casi corriendo para verla y cuando la toqué me di cuenta que estaba ardiendo en fiebre. La tomé en mis brazos para llevarla a la sala y comenzar a atenderla, pero, cuando llegué a la sala, ella empezó a convulsionar. Yo oraba en voz alta y le pedía a mi Señor Jesucristo que la ayudara, que no se nos fuera. En un instante vino a mi mente la imagen de la regadera, entonces, de inmediato, mi esposa y yo la metimos al baño para bajarle la fiebre. Abrí la llave de la ducha y ella la cargó en sus brazos para mojarla, rogando que dejara de convulsionar. Le dije a mi esposa que me la diera para que yo pudiera seguir con mi hija en la regadera, mientras ella buscaba el medicamento para la fiebre. Entonces Cosette dejó de convulsionar. Seguí orando y diciéndole a Dios que mi vida era de Él, que estaba dispuesto a ir a donde Él me lo pidiera, que ya no iba a vacilar, y que, a partir de ese momento, sin más cobardía iba a empezar mi vida de lleno en el ministerio.      

Debo aclarar que yo no vi aquello como una amenaza Divina, ni como un reproche de parte de Dios, sino más bien, como una lección, en la que aprendí que mi vida y la de mi familia siempre estarán en Sus manos, y que, por lo tanto, debía dejar ya la arrogancia de pensar que mi familia dependía totalmente de mí. Que yo soy un instrumento de Dios para dirigir y cuidar a mi familia, y que aunque eso no me exime de mi responsabilidad sobre ellos, tampoco debía sentirme indispensable, pues es Dios quien los sustenta y los cuida, y Él se encargaría completamente de nosotros si tan solo me atrevía a seguir el llamado que para ese momento era mucho más claro que el agua.     

Gracias a Dios, mi hija Cosette no sufrió estragos posteriores, ella se encuentra de maravilla. Aquél episodio fue usado por Dios para que ya no continuara escondiéndome y vacilando a cerca de mi llamamiento; por eso cuando alguien me pregunta sobre mi llamado, como intentando desmentir mi convicción, sin conseguir su cometido, por supuesto, yo aseguro con todo mi corazón que mi Dios me ha llamado contundentemente al ministerio pastoral.

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