¿Por qué obedecer a Dios?

Cuando nos disponemos a obedecer a Dios ocurren cosas en nuestra vida que la mayoría de las veces no comprendemos. Empezamos a sufrir pérdidas materiales, de salud, incluso comienzan a presentarse problemas familiares, que si no tenemos en cuenta que todo ese torrente de adversidades se desató debido a nuestra obediencia a Dios, terminaremos alejándonos del camino del Señor. Sin embargo tenemos, gracias a Dios, testimonios impactantes registrados en las Escrituras que nos llevan a una comprensión sencilla de todas estas cosas.

El mayor ejemplo que podemos encontrar en la Biblia es el del Señor Jesucristo cuando se sometió al acto del bautismo, mismo que representaba la iniciación de su ministerio y que no requería realizar siendo Él Señor de todo y Rey de Reyes, sin embargo fue después de realizar este acto que su Padre Celestial hizo manifiesto que estaría con Jesús, expresando de su viva voz que Jesús es su Hijo amado en quien se complace. Luego de esta manifestación de Dios en la tierra que ocurrió momentos después de que Jesús subió del agua del bautismo de Juan, fue que consagró su vida a Servir a su Padre Celestial pues se mostró obediente en todo momento hasta que fue llevado a la cruz para ser sacrificado, y una muestra de su obediencia es que el Espíritu Santo le llevó al desierto y Jesús estuvo dispuesto en todo momento a someterse a la voluntad de su Padre Celestial.

En el desierto ocurrieron cosas que quizás cualquiera de nosotros no hubiera podido vencer como lo hizo Jesús, sin embargo podemos notar en la vida de Jesús una fórmula sencilla pero a la vez difícil de llevar a cabo, que es la comunión con el Padre Celestial y el estar constantemente meditando en la Palabra de Dios, pues eso fue lo que le dio fortaleza a Jesús para vencer ante la tentación del diablo cuando le tentó utilizando pasajes de la escritura y Jesús le respondió de la misma manera, es decir, usando bien la Palabra de Verdad.

Así que no tengamos temor de mostrarnos obedientes ante Dios, porque aunque ocurran cosas que no nos agradan y que nos hacen pensar que Dios nos ha abandonado, en realidad es porque está sucediendo todo lo contrario, pues las situaciones difíciles que vivimos son una maravillosa oportunidad para que la gloria de Dios se manifieste en nuestra vida, y cuando eso ocurre somos bienaventurados en este mundo pasajero.

Gloria al Rey de Reyes Jesucristo, el único que pudo haber logrado nuestra redención con su sacrificio y el único que pudo haber sellado sus promesas eternas en nosotros a través de su resurrección, gloria sólo Él, bendito Jesús.

Mucho más claro que el agua

Mientras iba en el camión rumbo a casa, preguntándome lo que había sido de mi vida los últimos años, escuchaba el canto "A mi manera" (el de Res-Q Band, y no la canción popular), el cual me hizo reflexionar y darme cuenta que estaba haciendo las cosas mal. Luego de escucharlo con la cara llena de lágrimas por el gozo de sentir que Dios me estaba hablando, decidí dejar las cosas en Sus manos y le pedí que tomara toda mi vida para su honra y su gloria.     

Cuando llegué a casa, mi vecino don Clemente, me preguntó sinceramente que cómo estaba yo, pues me veía algo cansado. Le expliqué que estaba consternado, por sentir que no estaba en el lugar correcto, en donde mi corazón anhelaba estar, es decir, sirviendo a Dios de tiempo completo. Él me dijo que me animaba a tomar una decisión, que no me detuviera por lo económico, que a fin de cuentas iba a llegar el día en que volteara hacia atrás y me diera cuenta que no estaba siendo del todo feliz por no haber tenido el valor de hacer lo que hubiera querido hacer toda mi vida. En seguida me platicó de una persona que él había conocido en su juventud, que por años vivió en la drogadicción hasta que Cristo lo alcanzó y después que decidió entregar su vida en servicio a Dios hasta la fecha se encuentra al frente de una iglesia como pastor. Yo estaba sorprendido que alguien que sin conocer la Palabra de Dios me hablara en esos términos. Y no pude ver aquella conversación sino como un instrumento más, de Dios, para llamarme.     

Cuando entré a mi casa, lo primero que hice fue preguntarle a mi esposa que si estaba dispuesta a apoyarme en el caso de que Dios me confirmara el llamamiento que, años atrás, había comenzado a incendiar mi corazón, a lo que respondió que aunque yo ya conocía la respuesta, ella quería que yo supiera que estaba dispuesta a seguirme a donde sea que Dios me enviara. Entonces la abracé.     

Cuando nos fuimos a dormir, no percibimos que Cosette, una de nuestras niñas, ambas entonces a punto de cumplir dos años de edad, le había comenzado una infección en la garganta. Como a la 1:00 de la madrugada, me desperté porque escuché que me estaba llamando, y decía llorando papá, papá, como pidiendo mi ayuda. Lo sorprendente de esto es que ella muy pocas veces me había dicho papá, pues casi no sabía hablar, sin embargo esa noche ella estaba solicitando mi ayuda con mucha claridad. Me levanté casi corriendo para verla y cuando la toqué me di cuenta que estaba ardiendo en fiebre. La tomé en mis brazos para llevarla a la sala y comenzar a atenderla, pero, cuando llegué a la sala, ella empezó a convulsionar. Yo oraba en voz alta y le pedía a mi Señor Jesucristo que la ayudara, que no se nos fuera. En un instante vino a mi mente la imagen de la regadera, entonces, de inmediato, mi esposa y yo la metimos al baño para bajarle la fiebre. Abrí la llave de la ducha y ella la cargó en sus brazos para mojarla, rogando que dejara de convulsionar. Le dije a mi esposa que me la diera para que yo pudiera seguir con mi hija en la regadera, mientras ella buscaba el medicamento para la fiebre. Entonces Cosette dejó de convulsionar. Seguí orando y diciéndole a Dios que mi vida era de Él, que estaba dispuesto a ir a donde Él me lo pidiera, que ya no iba a vacilar, y que, a partir de ese momento, sin más cobardía iba a empezar mi vida de lleno en el ministerio.      

Debo aclarar que yo no vi aquello como una amenaza Divina, ni como un reproche de parte de Dios, sino más bien, como una lección, en la que aprendí que mi vida y la de mi familia siempre estarán en Sus manos, y que, por lo tanto, debía dejar ya la arrogancia de pensar que mi familia dependía totalmente de mí. Que yo soy un instrumento de Dios para dirigir y cuidar a mi familia, y que aunque eso no me exime de mi responsabilidad sobre ellos, tampoco debía sentirme indispensable, pues es Dios quien los sustenta y los cuida, y Él se encargaría completamente de nosotros si tan solo me atrevía a seguir el llamado que para ese momento era mucho más claro que el agua.     

Gracias a Dios, mi hija Cosette no sufrió estragos posteriores, ella se encuentra de maravilla. Aquél episodio fue usado por Dios para que ya no continuara escondiéndome y vacilando a cerca de mi llamamiento; por eso cuando alguien me pregunta sobre mi llamado, como intentando desmentir mi convicción, sin conseguir su cometido, por supuesto, yo aseguro con todo mi corazón que mi Dios me ha llamado contundentemente al ministerio pastoral.

Poema: Para tu gloria

Autor: Erik Torres

Quiero seguir tu llamado

Antes que parta de aquí,

Porque no sé cuántos años

Durará mi porvenir.

¡Aquí estoy oh Rey de Reyes

Derramado frente a ti!

Mas sabiendo que tú eres

Pan de vida para mí.

Úsame para tu gloria,

Sin fama ¡que el mundo olvida!

¡Que mi nombre ya es memoria

En el libro de la vida!

¡Tan solo para tu gloria!

Sin posición ni renombre,

¡¿Qué importa el hacer historia

Si en mí escribiste tu nombre?!

¿Cómo se relacionan la fe y la confesión en la Biblia, y de qué forma se aplica este importante tema a nuestra vida?

“Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10:10)

Aun cuando los textos que usa el apóstol Pablo en este pasaje de Romanos capítulo 10 son citas de los mismos libros de la ley de Moisés, esta forma de salvación era totalmente desconocida para el pueblo de Israel.

“Cerca de ti está esta palabra, en tu boca y en tu corazón” v.8

Muchas cosas acerca del Salvador habían sido escritas en los tiempos del Antiguo Pacto, sin embargo, no fueron reveladas sino hasta que el mismo Señor Jesucristo se manifestó en carne, y nos trajo, por medio de Su Santo Espíritu, la revelación gloriosa de Su Palabra.

Hoy en día, no solo en el pueblo de Israel sino también entre los gentiles, cuesta mucho trabajo creer que por una Palabra de fe una persona se pueda salvar.

“¡No! ¡tiene que haber algo más!” piensa nuestra carne “¡la salvación debe tenerse bien merecida, si no ¿dónde queda la justicia de Dios?!” Esa es la tendencia de pensamiento del ser humano; el mismo ser humano que ha cambiado:

“la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles” (Romanos 1:23)

Nos cuesta mucho trabajo aceptar el plan de Dios tal cual se plantea aquí en la Biblia. Y precisamente, en gran parte, eso es también lo que significa confesar, reconocer que lo que Dios enseña en Su Palabra, tal como está ahí, es verdad y creerlo de tal manera que lo comunicamos con otras personas como un testimonio fiel y verdadero.

Hasta hora, es decir, hasta este capítulo 10, el apóstol Pablo nos había venido hablando de la justicia de Dios por medio de la fe, como cuando nos dice:

“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1)

Primero el apóstol se aseguró de que entendiéramos que todos los hombres estamos bajo condenación:

“pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado” (Romanos 3:9)

Después, se aseguró de dejarnos claro que la salvación no es por las obras de la ley, sino por medio de la fe en el Señor Jesucristo.

Y ahora, que ya sabemos y creemos con todo nuestro corazón esta palabra de fe que el apóstol Pablo nos predica, el Espíritu Santo nos lleva a reconocer que esta palabra de salvación es verdad, y nos impulsa también a confesarla para testimonio a otros pecadores, que, como nosotros, también necesitan ser salvados por el Señor.

Concluimos pues, que no puede haber fe sin confesión, ni tampoco confesión sin fe. Tanto una cosa como la otra redundan en falsedad. Es decir, si alguien piensa que cree en el Señor Jesucristo, pero con su vida demuestra lo contrario y esconde su supuesta fe y la deja en el plano de lo secreto, entonces dicha persona no ha creído verdaderamente en el Señor.

Y si una persona dice creer en el Señor Jesucristo, pero en su corazón todavía alberga los pecados de siempre, y no cree que la obra del Señor en la cruz es suficiente para salvarlo de esos pecados y para salvarlo del infierno, y, por el contrario, piensa que necesita hacer algo para Dios, obras de justicia para poder ser salvo, en realidad esta persona no ha creído tampoco en el Señor.

Ambas cosas deben ser ciertísimas en el creyente: una fe genuina, enfocada totalmente en el Señor Jesucristo y su obra redentora; y una confesión de esta fe para testimonio a aquellos que también han de ser salvos.

Los invito mis amados hermanos, a creer de todo corazón, y a confiar en el Señor, y en su obra redentora, que es suficiente para salvarnos de nuestros pecados y de toda situación que estemos viviendo en el mundo; y también a confesar nuestra fe, tanto con nuestros hechos como con nuestra boca, para que la gloria de Dios se manifieste en más y más personas cada vez, y que tanto ellos como nosotros podamos glorificar al Padre por esta preciosa palabra de fe y salvación que es el evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

La autocrítica al momento de escribir

Cuando comenzamos a escribir una obra literaria, lo que más abunda en nuestra cabeza, más que cualquier otra cosa, son las dudas. Preguntas como: ¿Hacia dónde va todo esto? ¿Qué orden lógico deben llevar mis ideas? ¿Cuál será el final de la historia? Y un constante etcétera. Pero, todavía más, y esto, en muchas ocasiones, es inconsciente, suele frenar nuestro avance creativo: la autocrítica. Es, decir (para no entrar en definiciones de diccionario) que constantemente estamos reprochándonos a nosotros mismos que el trabajo que estamos haciendo podría ser mucho mejor de los que está siendo hasta el momento. De hecho, lo será, y esto es lo quisiera comentar en este breve post.

Cuando un trabajador de equis oficio, como, por ejemplo, un carpintero, un albañil o un pintor (de brocha gorda), se encuentran haciendo su trabajo, lo que buscan primeramente es hacer su trabajo en el menor tiempo posible para sacarle mayor provecho a sus días laborales. Pero para que su trabajo rinda frutos a largo plazo, por supuesto que van a buscar hacer las cosas con excelencia, pero eso es un asunto, que, aunque se va construyendo sobre la marcha (esto estará sujeto a la calidad y experiencia del mismo trabajador), en su mayor proporción dependerá del acabado final.

Por ejemplo, un carpintero no va a tener extremo cuidado en resanar los orificios que los tornillos y los clavos van dejando en la madera, pues esto procurará hacerlo con la mayor agilidad posible, pero si va a procurar ser un poco mas meticuloso cuando le toque aplicar los respectivos barnices, pues una correcta y estética aplicación de estos, será la presentación final de su trabajo.

Lo mismo sucede con los que escribimos. Hay que reconocer que, si lo estamos haciendo, es porque ya nos hemos iniciado en este hermoso arte y oficio. Por lo cual, damos por sentado que sabemos hacer el trabajo, y que, por lo tanto, si nos apresuramos un poco en avanzar, eso no traerá como consecuencia un trabajo final desastroso (y aun si así lo fuera, de todas maneras, tendría arreglo). Lo que quiero decir es que no nos frenemos, si vamos viendo que nuestro trabajo de escritura no va quedando como nosotros quisiéramos, sino que, primeramente, nos preocupemos por tener un material sobre el cual trabajar. Porque, sabiendo que uno de los elementos de la creación literaria es la corrección final, si no avanzamos en escribir un determinado número de palabras diario como meta, entonces al final del mes, no tendremos mucho o nada en qué trabajar.

Así que, no despeguemos los dedos del teclado, o la pluma del papel. Mantengamos el movimiento constante en nuestra mente y nuestras manos, que la literatura es maravillosa, y nos sorprenderemos de lo que puede surgir en arduos y largos momentos de trabajo, y lo que antes era una hoja o una pantalla en blanco, pasará a ser todo un mundo donde ocurrirán cosas extraordinarias. Y ¿la autocrítica? dirás tu ¿dónde la dejaste? Pues bueno, la autocrítica preferí dejarla para el final.

Un abrazo.

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